La barrera natural del Ebro
ha servido históricamente para la defensa de
un territorio que fue deseado por muchos reinos. Las
luchas medievales entre navarros y castellanos hicieron
que lo que hoy conocemos como Rioja Alavesa cambiara
repetidamente de dueños; pero en 1461 pasa al
poder de Castilla y en 1486 la villa de Laguardia y
sus aldeas se incorporaron definitivamente a la Hermandad
de Álava por mandato de los Reyes Católicos.
Estas tierras estaban habitadas desde la proto-historia.
Prueba de ello son los restos arqueológicos que
nos encontramos a cada paso. El poblado de la Hoya,
por ejemplo, es uno de los yacimientos más importantes
de la edad de bronce de la Comunidad Autónoma
Vasca, su primer asentamiento data del siglo
XV antes de Cristo. Los dólmenes –monumentos
funerarios que empezaron a construirse hace unos 2.500
años AC- son otro vestigio de la rica historia
de este territorio.
La Historia del Vino
La
historia de Rioja Alavesa ha estado unida a
la del vino. La implantación de la viticultura
podemos atribuirla a los romanos y tras siglos de idas
y venidas es a finales del s XV cuando
un largo periodo de paz y progreso supone una fuerte
expansión de la viña convirtiéndola
en casi un monocultivo.
Uno de los peores años fue 1585, cuando una plaga
de gusanos invadió los viñedos y hubo
que conjurarlos conforme a los rituales y exorcismos
de la época. El proceso de elaboración
del vino tenía durante los siglos XV y XVI numerosas
implicaciones religiosas. No es extraño por tanto
que un eclesiástico ilustre de la Rioja Alavesa,
Don Manuel Quintano y Quintano, estuviera durante toda
la vendimia de 1786 en el Medoc para instruirse sobre
los métodos bordeleses y los aplicase luego en
su comarca.
Ya en el siglo XIX podemos afirmar que gran parte de
la fama internacional del vino de Rioja se debe a la
labor pionera de Marqués de Riscal y Garagarza
fueron dos hombres claves en la labor de investigación
y experimentación de nuevos procesos de elaboración
del vino.